Martes 05 de Febrero, 2019

Vivir según el Domingo

 


Reflexión del Arzobispo René Rebolledo publicada en diario El Día.

Para los católicos que profesamos nuestra fe, el Domingo es mucho más que un día de la semana; es un valor fundamental de nuestra vida en la Iglesia. En efecto, el Domingo concentra la celebración más significativa en el discipulado misionero de los bautizados y confirmados: la centralidad de Cristo y su Pascua, convocatoria a la Iglesia como comunidad en asamblea para escuchar la Palabra, participar de la mesa del Cuerpo y Sangre del Señor como también fortalecer la propia vida con el testimonio de fe fraterno y comunitario. La jornada es impregnada por el gozo de la resurrección del Señor, misterio celebrado domingo a domingo. Se destaca también el reposo laboral, que debe procurarse no obstante las circunstancias de hoy, tan diversas en relación al pasado.

El Domingo tiene origen bíblico, proviene del latín dominica o dominica dies, vale decir, día del Señor (cfr. Ap 1, 10). Las primeras comunidades cristianas lo conocían como el primer día después del sábado, día en que Cristo Jesús resucitó (cfr. Mt 28, 1; Lc 24, 1-2). El Domingo es el día de la resurrección de nuestro Señor, acontecimiento fundamental en su vida y, por tanto, también de sus discípulos misioneros. En palabras de san Pablo Apóstol: si Cristo no ha resucitado, es vana nuestra proclamación, es vana nuestra fe... Sin embargo, el apóstol afirma con convicción: Cristo ha resucitado de entre los muertos, y resucitó como primer fruto ofrecido a Dios, el primero de los que han muerto (1 Cor 15, 14.20).

En la antigua alianza, la relación de Dios con su pueblo es reflejada con el precepto del Sábado nacido, tanto del descanso satisfecho durante el séptimo día de la creación: bendijo Dios el día séptimo y lo consagró (Gn 2, 3), como en la liberación llevada a cabo por Dios en el Éxodo: acuérdate de que tú también fuiste esclavo en el país de Egipto y de que el Señor tu Dios te sacó de allí con mano fuerte y brazo poderoso. Por eso el Señor tu Dios te manda a guardar el sábado (Dt 5, 15). Es la resurrección de nuestro Señor la que da su plenitud al significado del día del Señor: A la luz del misterio, el sentido del precepto veterotestamentario sobre el día del Señor es recuperado, integrado y revelado plenamente en la gloria que brilla en el rostro de Cristo resucitado (cf. 2 Co 4, 6).  Del “sábado” se pasa al “primer día después del sábado”; del séptimo día al primer día: el dies Domini se convierte en el dies Christi” (Juan Pablo II, dies Domini, 18).

Es justo manifestar la alegría, encontrar modos de esparcimiento, especialmente los vividos en familia y, desde luego, también descansar. Podemos expresar, de algún modo, la alegría de los apóstoles cuando Cristo glorioso se aparece en medio de ellos deseándoles la paz (cfr. Jn 20, 19-20), o cuando los discípulos de Emaús lo reconocen al partir el pan (cfr. Lc 24, 13-35). No es excluyente la alegría que se expresa por el encuentro con el Resucitado en la Eucaristía y el sano regocijo por el trabajo bien realizado durante la semana. No obstante, las amenazas del consumismo y el hedonismo nos alejan del sentido original de un descanso sereno y una alegría auténtica y plena, del gozo intenso por la celebración del misterio de Cristo en Domingo, especialmente con la santa Eucaristía.  

Es una gran invitación vivir según el Domingo. Por ello, es tarea de todos recuperar, paso a paso, aspectos de la espiritualidad del día del Señor: “debemos redescubrir la alegría del domingo cristiano. Debemos redescubrir con orgullo el privilegio de participar en la Eucaristía, que es el sacramento del mundo renovado. La resurrección de Cristo tuvo lugar el primer día de la semana, que en la Escritura es el día de la creación del mundo. Precisamente por eso, la primitiva comunidad cristiana consideraba el domingo como el día en que había iniciado el mundo nuevo, el día en que, con la victoria de Cristo sobre la muerte, había iniciado la nueva creación. Al congregarse en torno a la mesa eucarística, la comunidad iba formándose como nuevo pueblo de Dios. San Ignacio de Antioquia se refería a los cristianos como “aquellos que han llegado a la nueva esperanza”, y los presentaba como personas “que viven según el domingo” (“iuxta dominicam viventes”). Desde esta perspectiva, el obispo antioqueño se preguntaba: “¿Cómo podríamos vivir sin él, a quien incluso los profetas esperaron?” (Epistula ad Magnesios”, 9, 1-2); (Benedicto XVI, Homilía Misa de clausura del Congreso Eucarístico Italiano (Bari), 2005). 

Entre tantos valiosos aspectos del Domingo, son destacables estas bellas y profundas expresiones del Papa Francisco: La celebración dominical de la eucaristía está en el centro de la vida de la Iglesia (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n.2177). Nosotros, cristianos, vamos a misa el domingo para encontrar al Señor resucitado, o mejor, para dejarnos encontrar por Él, escuchar su palabra, alimentarnos en su mesa y así convertirnos en Iglesia, es decir, en su Cuerpo místico viviente en el mundo(Francisco, Catequesis sobre la Eucaristía, Parte 4).

Nos ha llegado por la tradición el hermoso testimonio de lo sucedido con los cristianos de Abitinia (año 304), sorprendidos celebrando la Eucaristía. Cuando fueron interrogados pronunciaron la célebre expresión Sine dominico non possumus  o, lo que es lo mismo, no podemos vivir sin el domingo. Un maravilloso testimonio de fe, que los llevó a la muerte y al martirio.

San Alberto Hurtado, entre sus numerosos escritos sobre la Eucaristía, al respecto, nos ha heredado esta señera expresión: “¡Mi Misa es mi vida, y mi vida es una Misa prolongada!”.



    
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