Domingo 18 de Agosto, 2019

Los Santos: Ejemplos de Fe

 


Artículo del Arzobispo René Rebolledo publicado este domingo 18 de agosto en diario El Día.

Acostumbramos en la Iglesia a celebrar de los santos su día de muerte, en latín dies natalis, vale decir, su nacimiento a la nueva existencia con Cristo resucitado. Como en todos los meses, también en agosto, el calendario recuerda la memoria de varios santos. Hoy me refiero solamente a algunos, ejemplos de fe profunda, a san Juan María Vianney, el santo Cura de Ars, patrono de los sacerdotes, cuya memoria se celebró el 4 de agosto, a san Lorenzo, mártir, patrono de los diáconos y a san Bartolomé Apóstol, patrono de La Serena. Deseo hacer especial mención de la santísima Virgen María, Madre de Cristo y Madre nuestra, cuya asunción celebramos el día 15.

El Cura de Ars nació en Dardilly, cerca de Lyon, Francia, el 8 de mayo de 1786, falleció en Ars el 4 de agosto de 1859; hijo de Matthieu Vianney y Marie Beluze. Fue canonizado por el Papa Pío XI en 1925.

En su persona y vida se aprecia un gran ejemplo de firmeza y perseverancia en la fe. De hecho, según los datos biográficos, tuvo que vencer enormes dificultades personales en la búsqueda del sacerdocio, como igualmente asumir los desafíos provenientes del ambiente persecutorio a la Iglesia en la Revolución Francesa. En 1815 fue ordenado presbítero y se le asignó como párroco al pueblito de Ars. Se extendió su fama por sus sermones y por su condición de buen confesor. Su fe firme en Jesucristo y su testimonio de vida hacen que el pueblo se transforme en un lugar de peregrinación. Al año de su muerte se cuentan miles los peregrinos al pequeño poblado de Ars.

En su vida y misión contemplamos claramente la obra de Dios. Le fue tan difícil acceder al ministerio sacerdotal, especialmente en relación a su idoneidad para afrontar los asuntos académicos y de estudios. No obstante, la gracia de Dios en él, su gran empeño personal, su fe profunda y su amor por la Virgen santa, han corroborado para que sea uno de los santos más grandes en la historia de la Iglesia.

Son numerosas las instituciones eclesiales confiadas a su custodia. Los párrocos y sacerdotes lo invocan como a su santo protector. En los seminarios se le celebra con amor y confianza. Nuestro seminario arquidiocesano se honra de invocarlo como a su santo patrono. Son numerosas las generaciones de seminaristas que en los institutos de formación sacerdotal aprenden a conocer su vida, admirar numerosos aspectos de ella, a procurar imitarlo en su fe y confianza al Señor e invocarlo como ayuda generosa en sus procesos formativos.

El 10 de agosto celebramos a san Lorenzo, diácono y mártir de la comunidad de Roma, en el siglo III. Era el encargado de la administración de los bienes de la Iglesia y del cuidado de los pobres. A raíz del asesinato del Papa Sixto II en una persecución religiosa, el gobernador ordena a Lorenzo la entrega de las riquezas de la Iglesia. Su respuesta fue llevarle a los pobres y desamparados. Asume su condena a muerte en plenitud de fe.

El 24 de agosto celebramos a san Bartolomé Apóstol, patrono de la ciudad. Su nombre significa hijo de Tolmai o hijo del labrador. Habitualmente se le suele identificar con Natanael, don de Dios. En el Evangelio de Juan Jesús lo llama el israelita en quien no hay engaño (Jn 1, 47). Las tradiciones antiguas señalan como campo de su apostolado la India, o Mesopotamia o Armenia. Habría muerto mártir siendo decapitado y asumiendo el martirio como una verdadera confesión de fe. 

En agosto tenemos presente estos hermosos ejemplos de entrega a Jesucristo, más otros que no he mencionado. Ellos nos conducen a la fe incondicional de María de Nazaret, joven virgen que ofrece su vida a Dios en su maravilloso asentimiento de fe (cfr. Lc 1, 38).

Cómo no agradecer a Dios el ejemplo de cada uno de estos santos. Ellos son nuestros mejores amigos, fuente óptima de inspiración y también nuestros grandes intercesores. Amaron mucho al Señor Jesús y, en su gracia, se identificaron con Él. En verdad, Él los santificó por su misterio de pasión, muerte y resurrección.   

Cada uno de ellos nos enfrenta a nuestra realidad personal ante el don de la fe. Para ser testigos de Cristo es preciso creer profundamente en Él. Que el Señor afiance en nosotros aquella fe con la que estos hermanos nuestros se entregaron a Él.       



    
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