Domingo 17 de Mayo, 2020

No los dejaré Huérfanos (Juan 14,15-21)

 


Artículo del P. Alejandro Silva publicado este domingo 17 de mayo en diario La Región.

Tanto el acontecimiento histórico de la Resurrección, como la permanencia y la acción del Resucitado en el tiempo, constituyen juntos un testimonio definitivo del significado y sentido que comporta para el cristianismo una misión y una propuesta a los pueblos y a los tiempos e historia con su original aporte. Impregnando al cristianismo de una actualidad y de un dinamismo inagotable. Por eso el leguaje de Jesús resucitado anima y despierta expectativas, cuando habla a sus apóstoles y discípulos de “me voy, pero volveré”, “no los dejaré huérfanos”, “un poco más y no me verán, otro poco y me volverán a ver”,  “yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin de los tiempos”.

El misterio de la persona, la vida y la palabra  de Jesús no está en que fue un acontecimiento del pasado y que se vive hoy de puros recuerdos nostálgicos, sino, más bien, la inauguración de un tiempo nuevo, que Él llamó reino de Dios, que toca las raíces más profundas de la creación, de la humanidad, de la historia y de cada persona. A cuyo servicio está la presencia, vida y la misión de la Iglesia. Nada ni nadie escapa a este movimiento espiritual y transformador de salvación y de plenitud. Todo está impregnado de la esperanza en esta fuerza nueva de vida que recoge, asume, inspira e impulsa todo el quehacer de la humanidad y sostiene y renueva los procesos vitales del universo y las potencialidades que tiene nuestra propia Casa común, la Tierra.

Con y por Jesús Resucitado, la historia humana se reviste de una fuerza tal, que se pone al servicio de una historia de salvación, que, por la acción del Espíritu del Resucitado va sufriendo acontecimientos de purificación que dan paso a una “verdad que nos hace libres” y a cuya providencia y misericordia se abre toda la obra humana, cuyo, grado de verificación lo dará las obras de bien de justicia, de paz, de alegría y de solidaridad, como nos lo recuerda Jesús en su mirada de futuro: “Vengan, benditos de mi Padre, a recibir el reino preparado para ustedes desde la creación del mundo” (Mt 25, 34), después de “los dolores de parto” de toda la humanidad “esperando la condición de hijos adoptivos, el rescate de nuestro cuerpo” (Rom 8,22).

Si ya, el hecho de que el Hijo de Dios se haya hecho hombre nos abrió a una gran esperanza. Mucho más aún, el que el Hijo de Dios, Jesucristo resucitado, permanezca en el tiempo y en la historia dándole fecundidad, vida y eternidad, a través de una presencia y acción nueva, su Espíritu Santo, que por la Palabra, la oración, la caridad y los sacramentos le impregna esta vocación de plenitud, que, cada domingo se renueva en la celebración de la Eucaristía, el “partir del pan”, que trae consigo “una consecuencia significativa de la tensión escatológica propia de la Eucaristía es que le da impulso a nuestro camino histórico, poniendo una semilla de viva esperanza en la dedicación cotidiana de cada uno a sus propias tareas” (Juan Pablo II, EdeE 20).

 



    
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