Domingo 30 de Agosto, 2020

Negarse a sí mismo, cargar la cruz y seguir al Señor

 


"Como a Pedro, también a los discípulos del Señor en todos los tiempos, no nos es fácil asumir el sufrimiento, los dolores, padecimientos y la muerte. Sin embargo, el llamado es claro: Negarse a sí mismo, cargar la cruz y seguirlo" reflexionó en su artículo dominical el Arzobispo René Rebolledo Salinas.

 En este último domingo de agosto en la celebración de la santa Eucaristía rezaremos especialmente por los pueblos originarios, en la Jornada Anual que se dedica en la Iglesia a las hermanas y hermanos miembros de estos pueblos. Invitaremos también a valorar enormemente su presencia entre nosotros, su cultura y otros muchos valores con que aportan significativamente a la edificación de nuestro país.

El jueves 27, recién pasado, hemos celebrado la memoria de santa Mónica, madre de san Agustín, a quien hemos recordado especialmente el viernes 28. Ayer, sábado 29, el martirio de san Juan Bautista.

Recordando a santa Mónica manifestamos honda gratitud al Señor por haber suscitado esta madre ejemplar y, a la vez, gran estímulo para aquellas madres que lloran por el camino equivocado de sus hijos. Hemos tenido presente que Agustín, gran genio intelectual y de costumbres licenciosas, fue en verdad la verdadera misión que el Señor había confiado a su madre santa Mónica. Años más tarde, después de su conversión, Agustín escribió que su madre lo había engendrado dos veces, desde luego a la vida física y más aún, a la fe.

Por otra parte, Juan Bautista fue el gran precursor del nacimiento y de la muerte de Cristo el Señor. Es un bello testimonio que Él nos ha dado, para ser también nosotros, según la gracia del Señor, verdaderos precursores de Cristo en nuestros ambientes.

Bien conocido es el Evangelio que se proclama hoy, titulado Primer anuncio de la pasión y Resurrección de nuestro Señor (cfr. Mt 16, 21-27). Es impresionante la reacción de Pedro que no imagina fracaso semejante ante el anuncio del Señor: ¡Dios no lo permita, Señor, no te sucederá tal cosa! (v. 22). Fuerte y clara es también la respuesta de Jesús, una de las palabras más duras que oímos de su boca: ¡Aléjate, Satanás! Quieres hacerme caer. Piensas como los hombres, no como Dios (v. 23). Luego, el Señor proclama la célebre frase, ampliamente conocida: El que quiera seguirme que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga. El que quiera salvar su vida la perderá; pero quien pierda la vida por mi causa la conservará (vv. 24-25).

Como a Pedro, también a los discípulos del Señor en todos los tiempos, no nos es fácil asumir el sufrimiento, los dolores, padecimientos y la muerte. Sin embargo, el llamado es claro: Negarse a sí mismo, cargar la cruz y seguirlo.

El Señor recuerda a los discípulos de ayer y también a nosotros hoy, lo que es prioritario en la vida: ¿De qué le vale al hombre ganar todo el mundo si pierde su vida?, ¿qué precio pagará por su vida? (vv. 25-26). Lo más importante es vivir la vida de cara al Señor, centrada no en nosotros mismos sino en Él. Qué su misterio de amor nos toque verdaderamente, viviendo para Él y a causa de Él por los demás.

Como Pedro, también nosotros experimentamos las dificultades y renuncias que comporta el camino de seguimiento al Señor. Con fe y total disposición, manifestamos nuestro asentimiento a seguir su senda, sin embargo, nos es bien complejo cumplir su voluntad en los días de dolor y sufrimiento, de sacrificio y desolación. Nos confiamos a Él, también a su santa Madre, para tener la fortaleza y disposición a llevar cada día de nuestra vida su cruz, nuestra propia cruz.



    
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