Domingo 01 de Noviembre, 2020

Felices los limpios de corazón, porque verán a Dios

 


En su artículo dominical, el Arzobispo René Rebolledo Salinas destacó que "las Bienaventuranzas definen la conducta a seguir en todo momento por los que nos consideramos discípulos del Señor, tanto en la vida personal, familiar y en sociedad".

Este domingo 1 de noviembre, la comunidad cristiana católica lo vive con un significado especial, dado que, junto con celebrar el día del Señor, corresponde también la solemnidad de Todos los Santos. A ellos los tenemos diariamente presentes en la celebración de la santa Eucaristía. En la plegaria eucarística II oramos: Ten misericordia de todos nosotros, y así, con María, la Virgen Madre de Dios, su esposo san José, los apóstoles y cuantos vivieron en tu amistad a través de los tiempos, merezcamos, por tu Hijo Jesucristo, compartir la vida eterna y cantar tus alabanzas.

En este día damos gracias a Dios, pues en su infinita bondad participa a los suyos de su propia santidad. ¡Él es todo santo! Al celebrar la festividad de Todos los Santos tenemos presente a los hermanos que han vivido entre nosotros buscando identificarse con Cristo el Señor todos los días de su vida y tratando de cumplir la voluntad de Dios. Ellos, en su presencia, interceden por nosotros. Nos están muy cercanos, dado que conocieron las vicisitudes de la vida. En efecto, la vocación de cada bautizado es a la santidad y consiste, como tuvimos presente en la columna del domingo recién pasado, amar sobre todo a Dios y al prójimo como a sí mismo.

Felizmente y, gracias a Dios, en la Iglesia siempre ha habido santos y, según su voluntad, los habrá -esperamos- en el porvenir. También nosotros manifestamos el anhelo de ser contados en esa inmensa muchedumbre (Ap 7, 9), de la cual nos habla el último libro de la biblia, el Apocalipsis, texto que oiremos en la primera lectura (cfr. Ap 7, 2-4. 9-14).

El Evangelio que se proclama en esta celebración, Mt 4, 25- 5, 12, son las bienaventuranzas, pasaje de los más hermosos de la revelación bíblica, que el Señor ha proclamado a sus discípulos de aquel tiempo y también para nosotros.

Observamos al Señor rodeado de los suyos, también de una gran muchedumbre, que acudió a  escuchar su palabra y que los curase de sus dolencias y enfermedades. Él está sentado, dispuesto a proclamar palabras muy solemnes.

El gesto inicial consiste en mirar detenidamente a los presentes, pues cuanto Él está por decir es la enseñanza más sublime. Los estudiosos de las escrituras la llaman la carta magna del Reino. Esto significa que estas palabras son el espíritu que debe impregnar desde aquel momento todo su mensaje, herencia y testamento hasta el final de los tiempos: Felices los pobres de corazón, porque el Reino de los cielos les pertenece. Felices los afligidos, porque serán consolados. Felices los desposeídos, porque heredarán la tierra. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Felices los misericordiosos, porque serán tratados con misericordia. Felices los limpios de corazón, porque verán a Dios. Felices los que trabajan por la paz, porque se llamarán hijos de Dios. Felices los perseguidos por causa del bien, porque el Reino de los cielos les pertenece... (vv. 3-10).

Las Bienaventuranzas definen la conducta a seguir en todo momento por los que nos consideramos discípulos del Señor, tanto en la vida personal, familiar y en sociedad. ¡El Señor nos fortalezca para que así sea!



    
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