Domingo 08 de Noviembre, 2020

Vigilar, porque no conocemos ni el día ni la hora

 


En su columna dominical, el Arzobispo René Rebolledo invita a que le pidamos al Señor "la gracia de estar siempre preparados, en vigilante espera".

En este segundo domingo de noviembre se proclamará en todas las santas Misas la Parábola de las diez jóvenes (cfr. Mt 25, 1-13), referida especialmente a la segunda venida de Jesús. El Reino de los Cielos es comparado en el relato con la celebración festiva de una boda y tiene como centro la necesidad de su preparación: Entonces el Reino de los Cielos será como diez muchachas que salieron con sus lámparas a recibir al novio. Cinco eran necias y cinco prudentes. Las necias tomaron sus lámparas pero no llevaron aceite. Las prudentes llevaron frascos de aceite con sus lámparas (vv. 1-4).

Prosigue el relato sobre los hechos que suceden, por una parte el novio que se retrasa y por la otra el sueño de las muchachas que esperan su llegada: Como el novio tardaba, les entró el sueño y se durmieron (v. 5). Destaca en la parábola la insensatez de las muchachas que no iban preparadas para su cometido, vale decir, que no contaron con un probable retraso del novio y, por ello, no llevaron consigo aceite suficiente: A medianoche se oyó un clamor: ¡Aquí está el novio, salgan a recibirlo! Todas las muchachas se despertaron y se pusieron a preparar sus lámparas. Las necias pidieron a las prudentes: ¿Pueden darnos un poco de su aceite?, porque se nos apagan las lámparas (vv. 6-8).

Las prudentes se niegan a compartir el aceite. Es una acentuación de la parábola para que comprendamos que la preparación debe ser personal y no admite sustitución: Contestaron las prudentes: No, porque seguramente no alcanzará para todas; es mejor que vayan a comprarlo a la tienda (v. 9). Ocurre que a las cinco desprovistas del aceite se les cierra la puerta del banquete mientras van a comprarlo y las otras participan de las bodas: Mientras iban a comprarlo, llegó el novio. Las que estaban preparadas entraron con Él en la sala de bodas y la puerta se cerró. Más tarde llegaron las otras muchachas diciendo: Señor, Señor, ábrenos. Él respondió: les aseguro que no las conozco (v. 10-12).

La enseñanza de la parábola la da el Maestro en la conclusión: Por tanto, estén atentos, porque no conocen ni el día ni la hora (v. 13). El día y la hora es la venida última de nuestro Salvador.

La atención es la vigilancia, estar atentos, despiertos y preparados. ¡Vigilando! Como sabemos, el Señor ha venido en un momento preciso, histórico. Celebramos esta venida cada año en Nochebuena, en el día de la Natividad y en el tiempo de Navidad. El Señor viene cada vez que lo invocamos y se hace presente, en la oración, especialmente en la celebración de la santa Eucaristía -en su Palabra, en su Cuerpo y Sangre, en la comunidad que lo celebra-. El Señor vendrá, así lo manifestamos en el Credo: subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos. Por otra parte, la vigilancia se extiende al final de nuestra propia vida en este mundo, nuestra muerte.

En este día domingo en que celebramos el gran misterio de la Resurrección de nuestro Señor, le pedimos la gracia de estar siempre preparados, en vigilante espera, no solo para cuando nos visite la muerte sino también para su segunda venida que esperamos y anhelamos. Así lo manifestamos como comunidad en el corazón de la Eucaristía, después de la consagración: Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!



    
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