Domingo 15 de Noviembre, 2020

Hacer fructificar los talentos

 


“Manifestamos gratitud profunda a Dios por los dones que Él nos ha regalado, al tiempo que le solicitamos poder hacerlos fructificar para nuestro bien y provecho de los demás”, destacó en su columna dominical el Arzobispo René Rebolledo Salinas.

Celebramos en la Iglesia el penúltimo domingo del Año Litúrgico, vale decir, el 33 del Tiempo Ordinario. El próximo domingo, 22 de noviembre, con la gran solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, finaliza el año cristiano y el sábado 28 por la tarde, iniciaremos, Dios mediante, el nuevo año con el primer domingo de Adviento.

Para la celebración de la Eucaristía de hoy está prevista la lectura del Evangelio de Mateo 25, 14-30, pasaje conocido como la Parábola de los talentos. La enseñanza es semejante a la del domingo recién pasado con la Parábola de las diez jóvenes (cfr. Mt 25, 1-13). En ambas resalta la necesidad de la preparación, la vigilancia activa, por la venida del Señor.

La Parábola da cuenta de un hombre que parte al extranjero y que previamente llama a sus sirvientes encomendándole sus posesiones: A uno le dio cinco bolsas de oro, a otro dos, a otro una; a cada uno según su capacidad (vv. 14-15).

El sirviente que se le confió cinco bolsas de oro negoció con ellas y ganó otras cinco. Lo mismo el que había recibido dos bolsas de oro, ganó otras dos. El que había recibido una bolsa de oro fue, hizo un hoyo en tierra y escondió el dinero de su señor (vv. 16-18).

Cuando se presenta el señor de aquellos sirvientes y pide rendición de cuentas, cada cual presenta lo que hizo fructificar, menos el que había recibido una bolsa de oro. Pretende justificarse refiriendo el carácter de su señor: sabía que eras exigente, que cosechas donde no has sembrado y reúnes donde no has esparcido. Como tenía miedo, enterré tu bolsa de oro; aquí tienes lo tuyo (vv. 24-25). Este sirviente recibe el reproche de su señor y su expulsión a las tinieblas de fuera, donde será el llanto y el crujir de dientes (v. 30).

El lenguaje de la parábola es conocido para nosotros, aún hoy hablamos de talentos. Son los dones naturales que cada uno ha recibido. Es, por así decirlo, el patrimonio disponible para trabajar, o el capital que se debe administrar para bien personal, familiar, de la comunidad y la sociedad. Por otra parte, debemos considerar los dones de la gracia y bendiciones de Dios, que son también muy numerosas y que igualmente –confiados en el Señor– podemos y debemos hacer fructificar.

Impresiona la respuesta al sirviente que ha hecho fructificar los talentos y la consecuente invitación a entrar en el banquete: muy bien, sirviente honrado y cumplidor; has sido fiel en lo poco te pongo al frente de lo importante. Entra en la fiesta de tu Señor (vv. 21. 23). Impresiona igualmente la respuesta a quien no hizo fructificar el talento: Quítenle la bolsa de oro y dénsela al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, y al que no tiene se le quitará aún lo que tiene. Al sirviente inútil expúlsenlo a las tinieblas de afuera. Allí será el llanto y el crujir de dientes (vv. 28-30).

En este día, especialmente en la celebración de la santa Eucaristía, manifestamos gratitud profunda a Dios por los dones que Él nos ha regalado, a nosotros y también a nuestros familiares, amigos y conocidos, a los demás miembros de la comunidad, al tiempo que le solicitamos poder –en su gracia– hacerlos fructificar para nuestro bien y provecho de los demás. Al final de la carrera esperamos también nosotros oír las palabras de nuestro Señor: has sido fiel en lo poco, te pongo al frente de lo importante. Entra en la fiesta de tu Señor



    
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