Domingo 13 de Diciembre, 2020

Tercer domingo de Adviento

 


En su artículo dominical, el Arzobispo René Rebolledo se refirió a la alegría que se vive en el denominado Domingo Gaudete, en relación a "la pronta venida de nuestro Salvador, a quien esperamos con fe en su nacimiento".

Hoy, 13 de diciembre, la comunidad cristiana celebra el tercer domingo de Adviento, conocido como Domingo Gaudete, en referencia a las primeras palabras del canto latino de la antífona de entrada de la celebración, Gaudete in Domino semper, alégrense siempre en el Señor.

Recordemos que estas semanas del Tiempo de Adviento tienen como finalidad avivar en los fieles la preparación para salir al encuentro de Cristo que viene. Sin duda, las disposiciones interiores y las buenas obras son aspectos fundamentales a cultivar y a practicar en el Tiempo de Adviento.

Es así que en estas semanas hacemos memoria que el Señor ha venido históricamente en la humildad de la carne -misterio que tenemos presente a lo largo del año, mas sobre todo en Nochebuena, Navidad y en el Tiempo de Navidad- viene cada vez que lo invocamos -en la oración, en el anhelo manifestado por la Iglesia implorando su presencia- está presente en medio nuestro, en su Palabra, en los santos sacramentos, en cada hermana y hermano con quien Él se identifica, particularmente los pobres y sufrientes, vendrá al final de los tiempos, así como Él lo ha prometido.

La causa de la alegría, a la cual nos convocan los textos bíblicos previstos para este domingo, es la pronta venida de nuestro Salvador, a quien esperamos con fe en su nacimiento. Así, en la primera lectura del profeta Isaías: desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novio que se pone la corona o novia que se adorna con sus joyas (Is 61, 10). De igual modo, el Magníficat que hoy no es un salmo -como de costumbre- sino el cántico de la Virgen María: Mi alma canta la grandeza del Señor, mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador (Lc 1, 46-47). También la segunda lectura, 1 Tesalonicenses 5, 16-24, el Apóstol Pablo finaliza su carta con la consigna de la alegría: Estén siempre alegres, oren sin cesar, den gracias por todo. Eso es lo que quiere Dios de ustedes como cristianos (vv. 16-18).

En el santo Evangelio que se proclama hoy (cfr. Jn 1, 6-8.19-28) Juan, el precursor de nuestro Señor, afirma claramente que Él no es el Mesías esperado sino testigo de la luz, que es Cristo: apareció un hombre enviado por Dios, llamado Juan, que vino como testigo, para dar testimonio de la luz, de modo que todos creyeran por medio de Él. Él no era la luz, sino un testigo de la luz (vv. 6-8).

La invitación de este domingo es clara: acoger este llamado a la alegría. Vale la pena vivirla desde nuestro interior, manifestarla y difundirla, porque grande es la razón: ¡El Señor está cerca! Sin duda, seremos impactados en estos días por otras motivaciones, que también son fuertes, pero que pudieren ser muy superficiales dejándonos en soledad y tristeza. Salgamos al encuentro del Señor manifestando nuestra fe en Él, procurando realizar las obras según su espíritu, todo ello será motivo de verdadera alegría.



    
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