Viernes 25 de Diciembre, 2020

“Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”

 


En su artículo mensual, el Arzobispo René Rebolledo Salinas se refirió a la Navidad, destacando que "Dios nos posibilita, en su gracia, el reconocimiento a su Hijo en el Niño de Belén. Desde allí nos llama a la fe, la esperanza y al amor".

En su extraordinaria belleza los textos bíblicos que se proclaman hoy en todas las santas Misas en el mundo entero, al tiempo que nos hacen vivir el clima de gozo y esperanza, propio de la Navidad, describen en una síntesis digna de toda admiración el proyecto salvífico de Dios para el hombre. Con gran júbilo anuncia el profeta Isaías que llega el Señor para establecer su reinado y consolar a su pueblo en aflicción (cfr. Is 52, 7-10).

En innumerables ocasiones en el templo Catedral, como en otros lugares de culto y encuentro, hemos cantado esta realidad: “¡Qué hermosos son sobre las montañas los pasos del que trae la buena noticia, del que proclama la paz, del que anuncia la felicidad, del que proclama la salvación y dice a Sión: ¡Tu Dios reina! (Is 52, 7). Y el salmista invita a entonar un cántico nuevo porque el Señor hizo maravillas y los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios” (Sal 97, 1-6).

Todo este gran júbilo por el solemne anuncio de la noche de Belén que llega hasta nuestros días: “No teman, les traigo una Buena Noticia, una gran alegría para todo el pueblo: Hoy, en la ciudad de David, les ha nacido un Salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lc 2, 10-11).

Con cuanta belleza poética, teológica y con qué profundidad nos describe el Evangelista Juan esta realidad que estamos celebrando: “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14).

La verdad de este día sagrado es esta: que Jesús, la Palabra eterna del Padre, lo contemplamos hoy en el Niño de Belén, pobre e indefenso. Siendo Él, único Hijo de Dios, lo contemplamos hecho carne, en su fragilidad, pobre entre los pobres. Desde el humilde y frío Pesebre de Belén, Dios habitó entre nosotros y sigue vivo en medio nuestro.

Contemplamos maravillados el plan de Dios sobre el hombre, que siempre se realiza. Él nos envía a su Hijo muy amado y abre nuestros ojos a la realidad de su misterio: “Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14).

Dios nos posibilita, en su gracia, el reconocimiento a su Hijo en el Niño de Belén. Desde allí nos llama a la fe, la esperanza y al amor. El Niño sonríe tanto al homenaje humilde de los pastores, como a la suntuosidad de los Magos. En nosotros está también la posibilidad del rechazo, obstinación, oposición y no reconocimiento. Cada uno a lo largo de nuestra vida estamos haciendo nuestra elección.

Los saludo a todos en este día deseándoles feliz y santa Navidad. ¡Qué las gracias y bendiciones de la presencia del Señor en medio nuestro acompañen su camino, personal y familiar!

Los invito a acercarnos al Pesebre de Belén en estos días, para contemplar en el Niño la gloria del Padre.

Que en Él contemplemos a Jesús,
el Hijo de Dios, al Salvador del mundo.

Que en Él contemplemos a los niños del mundo
y demos gracias a Dios por ellos.

Que en Él contemplemos a los pobres y desvalidos,
a los afligidos y abandonados.

Que en Él contemplemos a todo hermano sufriente
en el cuerpo o en el espíritu.

El amor que nos ofrece el Niño de Belén
compartámoslo con los demás.



    
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