Domingo 11 de Octubre, 2020

En la feliz y anhelante espera del banquete celestial

 


En su artículo dominical, el Arzobispo René Rebolledo Salinas destacó que "en este domingo, como en cada domingo del año, el Señor Resucitado nos quiere comunicar la vida que ofrece".

En este segundo domingo de octubre, la comunidad cristiana que celebra la santa Eucaristía oirá, como todos los domingos, preciosos textos bíblicos, en este día la Parábola del banquete de bodas (cfr. Mt 22, 1-14). Como mensaje central, ésta da cuenta de invitados que no acuden al banquete del rey y son sustituidos por otros que no habían sido convocados. Como en el domingo 26 del Tiempo Ordinario, la parábola de los dos hijos -texto que escuchamos el domingo 27 de septiembre (cfr. Mt 21, 28-32), uno que responde negativamente, que no irá a trabajar en la viña, pero luego arrepentido va, y el otro que afirma positivamente que irá, pero finalmente no va-, se denota también en esta parábola la denuncia del Señor a su pueblo, pero especialmente a su clase dirigente que no le ha reconocido como al Mesías y, desde luego, tampoco la universalidad de la salvación que Dios ofrece.

Qué hermoso es el simbolismo del banquete para expresar de algún modo lo bueno y festivo, en relación al Señor, los hermanos y el banquete del cielo que anhelamos. Son numerosos los aspectos que evoca un banquete, entre ellos la deferencia de la invitación y la acogida de esta, el encuentro, la alegría, el compartir, la comunión, entre otros. En esta parábola quien invita es Dios y los demás todos invitados.

En la Primera Lectura de hoy (cfr. Is 25, 6-10), escucharemos que también en los planes de Dios para con los suyos se utiliza esta preciosa comparación con un banquete: El Señor Todopoderoso ofrece a todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos añejados, manjares deliciosos, vinos generosos (v. 6). Asimismo, se anuncia que se quitará el dolor, las lágrimas y la muerte: Arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa todas las naciones; y aniquilará la muerte para siempre. El Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros y alejará de la tierra entera la humillación de su pueblo – lo ha dicho el Señor – (vv. 7-8). ¡Qué expresiones más entusiastas! Concluye la lectura con la invitación a la celebración y al festejo, por la salvación que Dios ofrece: Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara: celebremos y festejemos su salvación (v. 9).

En este domingo, como en cada domingo del año, el Señor Resucitado nos quiere comunicar la vida que ofrece, en primer lugar en su Palabra: el hombre no vive solo de pan, sino de todo lo que sale de la boca de Dios (Dt 8, 3), luego en su Cuerpo y Sangre: tomando pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes… (Lc 22, 19), y tomando la copa, dio gracias y dijo: Tomen y compártanla entre ustedes (Lc 22, 17. 20) y también en su Cuerpo que es la comunidad: Ustedes son el cuerpo de Cristo, y cada uno en particular, miembros de ese cuerpo (1 Cor 12, 27), en la feliz y anhelante espera del banquete celestial.



    
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