Domingo 14 de Febrero, 2021

“En su vida terrena, pasó haciendo el bien”

 


En una nueva reflexión publicada en diario La Región, el Arzobispo René Rebolledo hizo hincapié en que "siguiendo las huellas del Maestro, la comunidad de los discípulos misioneros -la Iglesia-, a lo largo de los siglos y en el mundo entero, -en modos diversos- ha cuidado a los enfermos y también a los marginados de la sociedad".

En comunidad escuchamos hoy el último pasaje del capítulo 1 del Evangelio de Marcos, el Señor sana a un leproso, Mc 1, 40-45. En aquel tiempo –como también hoy- la lepra era una enfermedad muy temida por sus consecuencias, causando pérdida de sensibilidad en el cuerpo, provocando fuertes lesiones y desfiguración. Junto al aislamiento social y al desprecio de los demás, el leproso debía estar lejos de su familia y también de Dios. Lo establecía incluso la ley (cfr. Lv 5, 3; Nm 5, 2), con la intención de preservar la higiene y porque el mal de lepra se atribuía a los pecados de la persona. ¡Dura marginación!

Qué grande es la fe manifestada por el leproso ante la presencia del Señor: “si quieres, puedes sanarme” (v. 40). Qué grande es el amor del Señor, al compadecerse ante el sufrimiento humano, anunciando con palabras y obras la Buena Noticia del Reino del Padre, presente en Él: “lo quiero, quedas sanado” (v. 41).

Las expresiones que usa el evangelista para transmitirnos la sanación del leproso comportan tres verbos importantes: compadecer, “Él se compadeció”, extender, “extendió la mano”, tocar, “lo tocó”. Es el modo como el Señor manifiesta su cercanía y proximidad con los marginados. Con su presencia, palabras y obras, anuncia y hace presente el Reino, realizando el bien, devolviendo la vida, restableciendo social y espiritualmente: “al instante se le fue la lepra y quedó sano” (v. 42).

Refiere el evangelista Marcos que, no obstante la prohibición de manifestar lo ocurrido, el leproso propaga lo acontecido en su persona: “cuidado con decírselo a nadie... pero al salir, aquel hombre se puso a proclamar y divulgar más el hecho, de modo que Jesús ya no podía presentarse en público, en ninguna ciudad, sino que se quedaba fuera, en lugares despoblados. Y aún así, de todas partes acudían a Él” (v. 45). El leproso se convierte en un difusor de la Buena Noticia, las acciones de nuestro Señor que testifican que el Reino  ha llegado a nosotros en su persona.

Las páginas bíblicas patentizan la compasión de Cristo por los enfermos. Las curaciones son un signo que en su persona, palabras y obras Dios visita a su pueblo y establece entre nosotros su reinado. Él ha venido por nosotros y nuestra salvación (cfr. Credo). Él se identifica con los enfermos y sufrientes “estaba enfermo y me visitaron” (Mt 25, 36; cfr. v. 43. v.45).

Siguiendo las huellas del Maestro, la comunidad de los discípulos misioneros -la Iglesia-, a lo largo de los siglos y en el mundo entero, -en modos diversos- ha cuidado a los enfermos y también a los marginados de la sociedad. Dan testimonio de ello la existencia de innumerables comunidades, congregaciones y voluntariados, entre otros.

Prosigamos aprendiendo de nuestro Maestro. También en estos tiempos Él nos interpela a compadecernos, acercarnos, tender la mano y procurar hacer nuestro el sufrimiento humano. Rezamos en el Prefacio Común VIII “En su vida terrena, pasó haciendo el bien”. ¡Los tiempos y las crisis que de diverso orden estamos viviendo nos interpelan a estar presente y procurar el bien!



    
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