Martes 20 de Junio, 2023

Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo

 


En este domingo 11 de junio la Iglesia celebra en el mundo entero la solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo. Se conoce como la fiesta del Corpus Christi o también Corpus Domini. Su primera celebración tuvo lugar en Lieja –Bélgica- en 1246. Fue el papa Urbano IV que en 1264 la extendió a toda la Iglesia. Es una solemnidad muy apreciada por los fieles que se celebra, ante todo, con la santa Eucaristía y la procesión por las calles de pueblos y ciudades. En efecto, la procesión de este día con el Santísimo Sacramento adquiere especial relevancia entre otras expresiones de adoración eucarística.

Este año acogerá la comunidad cristiana en la Eucaristía textos hermosos y profundos: La primera lectura del Deuteronomio 8,2-3. 14-16; corresponde el Salmo 147, 12-15.19-20; y la segunda lectura está tomada de la primera Carta a los Corintios 10, 16-17; mientras el evangelio es de Juan 6, 51-58.

En el pasaje del Deuteronomio, Moisés recuerda al pueblo los numerosos dones con que Dios lo ha favorecido, librándolo de Egipto y ayudándolo en su peregrinación en el desierto: “Recuerda el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto… Él te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná… para enseñarte que el hombre no vive solo de pan, sino de todo lo que sale de la boca de Dios” (vv 3-4).

Es cierto que Dios en su pedagogía afligió al pueblo, castigándolo por sus maldades, sin embargo, en su amor y bondad nunca le ha faltado en su camino. El más óptimo de los signos que tendrá Israel para siempre es el alimento que el Señor le brindó en el maná, una de las figuras en el Antiguo Testamento para la Eucaristía. En el evangelio de hoy, el Señor compara el pan de vida eterna que es su Cuerpo y Sangre con aquel que comió el pueblo en el desierto: “Éste es el pan bajado del cielo y no es como el que comieron sus padres y murieron. Quien come de este pan vivirá para siempre” (v 58).

El salmo responsorial patentiza la gratitud del pueblo por la bondad y acompañamiento del Señor en su historia: “¡Glorifica al Señor, Jerusalén, alaba a tu Dios, Sión…! que da prosperidad a tu territorio y te sacia en el mejor trigo… Con ninguna nación obró así ni les dio a conocer sus mandatos” (vv 12.14.20).

En la segunda lectura de la primera Carta a los Corintios, el apóstol Pablo enseña que: “uno es el pan y uno es el cuerpo que todos formamos porque todos compartimos el único pan” (v 17), comparando de este modo a la comunidad con el pan y el cuerpo, que es también expresión de la Eucaristía. De esta enseñanza de Pablo podemos extraer hermosos y profundos desafíos para la comunidad: Ante todo, la fe y amor a Cristo, presente en el pan consagrado; luego, la comunión y la fraternidad. En efecto, la comunidad se alimenta domingo tras domingo de la Palabra, del Cuerpo y Sangre del Señor, como del testimonio fraterno en la comunión y fraternidad.

En el pasaje del evangelio que acoge hoy la comunidad, el Señor revela: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Quien coma de este pan vivirá siempre. El pan que Yo doy para la vida del mundo es mi carne” (v 51). Durante la última cena, el Señor pronuncia sobre los dones pan y vino las palabras con las cuales ratifica el ofrecimiento de su vida por nosotros y nuestra salvación. El pan consagrado es su Cuerpo entregado; quien lo coma tendrá vida en Él. El vino consagrado es su Sangre derramada; quien la beba, acepta el proyecto del Señor en su vida: “Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día” (v 54).

La solemnidad de hoy es una preciosa oportunidad para redescubrir el gran regalo de la Eucaristía, anhelar que ella esté al centro de nuestra vida, a fin de acrecentar –con la gracia del Señor- nuestra fe eucarística: “los fieles deben vivir su fe en la centralidad del misterio pascual de Cristo a través de la Eucaristía, de modo que toda su vida sea cada vez más vida eucarística. La Eucaristía, fuente inagotable de la vocación cristiana es, al mismo tiempo, fuente inextinguible del impulso misionero. Allí, el Espíritu Santo fortalece la identidad del discípulo y despierta en él la decidida voluntad de anunciar con audacia a los demás lo que ha escuchado y vivido” (DA 251).

Con gran solemnidad viven las comunidades cristianas en este día la santa Eucaristía, sin embargo, la fiesta del Corpus Christi hace especial énfasis en su prolongación, la presencia permanente del Señor como alimento que portan los ministros a los enfermos y para la adoración al Señor presente en su Cuerpo y en su Sangre.


    
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