Domingo 10 de Abril, 2022

Que tengamos parte en su Resurrección y en su vida

 


Reflexionando sobre la Semana Santa, el Arzobispo René Rebolledo compartió su columna mensual publicada en diario El Día.

Hoy, la comunidad celebra el Domingo de Ramos de la Pasión del Señor. Es la puerta a la Semana Santa, días en que hacemos memoria de los acontecimientos fundamentales en la vida de Jesús, por tanto, centrales también en el caminar de sus discípulos misioneros, su Pasión, Muerte y gloriosa Resurrección. Concluye la Semana Santa con el inicio del Domingo de Pascua –el 17 de abril- solemnidad de la Resurrección del Señor.

La Semana Santa comprende algunos días del Tiempo de Cuaresma, que en comunidad iniciamos el pasado 2 de marzo con la celebración del Miércoles de Ceniza. Finaliza este tiempo el Jueves Santo por la tarde, antes de la Misa Vespertina de la Cena del Señor, como introductoria al Triduo Pascual -viernes, sábado y domingo- especiales días que finalizan con las vísperas del Domingo de Resurrección.

Significativa y concisa al respecto es la breve monición con que se invita a los fieles a vivir el Domingo de Ramos: “Después de haber preparado nuestros corazones desde el comienzo de la Cuaresma por medio de la penitencia, la oración y las obras de caridad, hoy nos congregamos para iniciar con toda la Iglesia la celebración del misterio Pascual de nuestro Señor”.

El Domingo de Ramos la comunidad se sitúa en las puertas de Jerusalén. Aclamar al Señor con las palmas –gesto exterior- indica la disposición interior de acompañarlo en su camino de cruz, que Él sigue con entera disposición para entregar su vida por amor al Padre eterno y a nosotros, sus discípulos. Es el Padre que entrega a su Hijo: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo Único, para que quien crea en Él no muera, sino tenga vida eterna” (Jn 3, 16). La adhesión en la fe es nuestra respuesta agradecida a la entrega del Señor.

Es la comunidad de los creyentes que celebra Semana Santa, haciendo memoria de la Pasión y Muerte del Señor, con la confianza cierta de tener parte en su Resurrección. Así expresa esta verdad la mencionada monición: “Nosotros, llenos de fe y con gran fervor, recordando esta entrada triunfal, sigamos al Señor para que, por la gracia que brota de su cruz, lleguemos a tener parte en su resurrección y en su vida”.

Acompañando especialmente en estos días al Señor, la comunidad es convocada para celebrar la Misa Crismal –anticipadamente en la Arquidiócesis al Miércoles Santo- en que se bendicen los óleos de los enfermos y catecúmenos y se consagra el crisma. Esta Misa manifiesta especialmente la comunión entre los sacerdotes y el obispo. Por ello, los presbíteros renuevan en este día y ante su pastor las promesas que hicieran en su ordenación sacerdotal.

El Jueves Santo se hace memoria de la institución de la santa Eucaristía. Con sentimientos de gran gratitud la comunidad participa al Cuerpo y Sangre del Señor, permaneciendo en oración finalizada la santa Misa.

El Viernes Santo no se celebra la santa Eucaristía. Los fieles concurren en gran número al tradicional Vía Crucis y a la Celebración de la Pasión del Señor, escuchando el relato de san Juan, uniéndose a la solemne oración universal y a la adoración de la santa cruz, participando también de la sagrada comunión.

El Sábado Santo los fieles participan de la Vigilia Pascual, la mayor y más solemne de las celebradas en el curso del año. El anuncio llena de gozo a quienes lo reciben con fe: El Señor ha vencido al dolor y a la muerte; con su resurrección vive para siempre. La comunidad cristiana exulta de alegría, pues es hija de la Resurrección. Por la Resurrección de su Mesías y Señor espera también ella compartir su victoria. Así lo expresa la monición inicial: “Si hacemos memoria de la Pascua del Señor, escuchando su Palabra y celebrando sus misterios, esperemos con fe compartir su triunfo sobre la muerte y vivir siempre con Él en Dios”.

El Domingo de Pascua celebra la comunidad a su Señor Resucitado, verdad de la que arrancan su identidad, principios y valores, como su vida y vitalidad. “¡El Señor resucitó verdaderamente. A Él sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos, Aleluia!” (Domingo de Pascua, antífona de entrada). Feliz Pascua a los amables lectores de este artículo y a sus apreciadas familias.


    
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