Domingo 24 de Julio, 2022

“Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá” (Lc 11, 9)

 


En la columna de este domingo, publicada en diario La Región, el Arzobispo René Rebolledo menciona que “considerando cuanto de Dios recibimos, la bendición y alabanza debieran ocupar un lugar muy significativo en nuestra plegaria. Digamos frecuentemente como los discípulos: “Señor, enséñanos a orar”.

La comunidad cristiana celebra hoy el domingo 17° del Tiempo Ordinario. Se une también en este día a la Jornada Mundial de los Abuelos y de las Personas Mayores, instituida por el Papa Francisco, que se celebra cada cuarto domingo de julio cerca de la memoria de los santos Joaquín y Ana, padres de la Virgen María, abuelos de Jesús.

Junto a los otros hermosos textos bíblicos -previstos para este domingo- se proclama en los actos litúrgicos y especialmente en la Eucaristía Lucas 11, 1-13, conocido como La Oración: El Padrenuestro, con esta enseñanza del Señor: “Y yo les digo: Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá, porque quien pide recibe, quien busca encuentra, a quien llama se le abre” (vv. 9-10).

Es bello y edificante el testimonio que nos diera Jesús sobre su vida de oración -tanto personalmente como en comunidad- en diversos momentos y situaciones de su vida. Sus discípulos estamos llamados a seguir sus huellas, también en este aspecto. De igual modo, los apóstoles y la primera comunidad cristiana nos han heredado este testimonio, para la Iglesia en todos los tiempos, incluidos obviamente quienes hoy adherimos al Señor en la fe y procuramos seguirlo.

El pasaje del evangelio refiere precisamente a la actitud orante de Jesús: “Una vez estaba en un lugar orando” (v. 1). Los apóstoles han recibido ese ejemplo y testimonio. Le solicitan: “Señor, enséñanos a orar como Juan enseñó a sus discípulos” (v. 1). Él les enseñó el Padrenuestro, luego, mediante comparaciones, los instruye acerca de cómo debe ser la oración, donde resaltan  la confianza y la perseverancia. Ambas comparaciones son de la vida diaria. La primera, de uno que acude a media noche pidiendo prestado tres panes, porque ha llegado un amigo y no tiene que ofrecerle (cfr. v. 5). La otra, sobre el hijo que pide a su padre un pan, que no le dará una piedra o si le pide un pescado, no le dará una culebra, o un huevo no le dará un escorpión (cfr. vv. 11-12).

Este domingo es una oportunidad maravillosa para agradecer a Dios, nuestro Padre, pues siempre nos lleva en sus manos, en momentos felices y alegres de nuestra vida, como en los tristes y dolorosos, e igualmente en aquellos que tanto requieren de la fortaleza y entrega. Agradecer de igual modo a Jesús nuestro hermano, pues enseñó a los Apóstoles, a la primera comunidad cristiana y a la Iglesia en todos los tiempos la bella y profunda plegaria del Padrenuestro, que nos proponemos orar en los días de nuestra vida. Nuestra gratitud también al Espíritu Santo, pues nos ilumina y fortalece, nos asiste con sus dones, por ello, lo imploramos en la confianza que lo recibiremos, como nos exhorta el mismo Jesús: “¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!” (v. 13).

Este día es también una ocasión privilegiada para reflexionar acerca de cómo estamos orando. Felizmente, en nuestras comunidades se potencia la oración de bendición, alabanza, acción de gracias, adoración, contemplación. Siguiendo la enseñanza del Señor, obviamente podemos y debemos pedir a Dios. No obstante, considerando cuanto de Él recibimos, la bendición y alabanza debieran ocupar un lugar muy significativo en nuestra plegaria. Digamos frecuentemente como los discípulos: “Señor, enséñanos a orar”. Feliz coincidencia la jornada de hoy, dedicada también a los Abuelos y las Personas Mayores. ¿No hemos recibido de ellos un valioso testimonio de oración? ¿No ejercen también hoy gran influencia en sus familias, respecto de la oración? Valoremos ese testimonio y demos gracias a Dios por ellos.


    
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