Domingo 31 de Julio, 2022

“Rico a los ojos de Dios” (Lc 12, 21)

 


"Ante una justa ponderación de los bienes materiales, procuremos lo que proporciona la verdadera felicidad, la adhesión a Cristo como a su voluntad sobre nosotros, la Iglesia y el mundo", destacó en su columna dominical el Arzobispo René Rebolledo Salinas.

La comunidad cristiana celebra la santa eucaristía de este último domingo de julio,  18° del Tiempo Ordinario. En su Evangelio el Señor nos dejó el Padrenuestro (cfr. Lc 11, 2-4), proclamación oída el domingo precedente, junto al recuerdo afectuoso de los Abuelos y Personas Mayores, en la Jornada Mundial dedicada a ellos. Los hemos tenido presente también, con sentimientos de honda gratitud el martes 26, memoria de los santos Joaquín y Ana, padres de la Virgen María, abuelos de Jesús.

A lo largo de este año es el evangelista Lucas quien nos transmite la enseñanza de nuestro Señor, especialmente aquellas ofrecidas en su camino a Jerusalén (cfr. 9 al 19), para vivir los misterios principales de su vida -pasión, muerte y resurrección- fundamentales por ello para nosotros sus discípulos misioneros. Una de estas es sobre la actitud que se debe tener ante las riquezas y bienes materiales, como los afanes por el dinero y los peligros que ello pudiere significar (cfr. Lc 12, 13-21).

La ocasión está mediada por la petición que se le plantea: “Maestro, dile a mi hermano que reparta la herencia conmigo” (v. 13). Responde el Señor: “Amigo, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre ustedes? (v. 14). Y toma la oportunidad para transmitir su enseñanza: “¡Estén atentos y cuídense de cualquier codicia, que, por más rico que uno sea, la vida no depende de los bienes!” (v. 15). Luego -como lo hace frecuentemente- presenta a los suyos una parábola, en esta ocasión sobre un hombre que obtuvo una gran cosecha y que piensa construir graneros mayores para guardar tal abundancia. Reflexiona sobre el bien y la felicidad que le pudiera reportar la gran cosecha. Sin embargo, Dios lo llama a una reflexión mucho más profunda y sabia: “¡Necio, esta noche te reclamarán la vida! Lo que has preparado, ¿para quién será? (v. 20). Concluye el Señor: “Así le pasa al que acumula tesoros para sí y no es rico a los ojos de Dios” (v. 21).

 

Los bienes materiales -también el dinero- tienen su importancia y lugar. La enseñanza que nos da el Señor -en su admirable pedagogía- es al desapego,  pues no son valores absolutos. En nuestros tiempos no es fácil pregonar esta verdad, donde se percibe frecuentemente prioridad en el poseer. El Señor no condena el valor de lo material, menos a las personas, sin embargo, nos previene de la idolatría del tener y la obsesión por los bienes. Lo malo y que causa daño y perjuicio es generalmente el uso que se da a los bienes materiales. Todos estamos llamados a trabajar -también por el bien personal y de nuestras familias- teniendo claridad que la prioridad es el Señor y su evangelio, por ello atendamos a la enseñanza de este día: “¡Estén atentos y cuídense de cualquier codicia, que, por más rico que uno sea, la vida no depende de los bienes!” (v. 15). Debemos aspirar, en cambio, a ser ricos ante Dios y no ante los hombres. La felicidad no está en las cosas, sino en hacer el bien con lo poco o mucho que poseamos. Todo lo alcanzado, pudiere quedar de un momento al otro, fuera de nuestro alcance.

Ante una justa ponderación de los bienes materiales, procuremos lo que proporciona la verdadera felicidad, la adhesión a Cristo como a su voluntad sobre nosotros, la Iglesia y el mundo. 


    
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