Viernes 30 de Septiembre, 2022

Un hombre rico y un pobre llamado Lázaro

 


En una nueva reflexión dominical, el Arzobispo invitó a que “procuremos hacer uso generoso de los recursos materiales, pero también de los espirituales, como intelectuales, culturales u otros. Tender la mano es un gesto que no se olvida, especialmente cuando la hermana o el hermano de camino no la está pasando bien. ¡Los pobres y necesitados nos esperan!”.

En este último domingo de septiembre la comunidad cristiana celebra el 26° del Tiempo Ordinario. En la celebración eucarística presenta especiales plegarías por la Patria en este Día de Oración por Chile. En todos los domingos de septiembre se ha rezado en las parroquias y comunidades por el presente y porvenir de nuestro país. El viernes 16 de septiembre recién pasado, junto a las autoridades de la Región, como representantes de otras instituciones y también de organizaciones sociales, se ofreció la santa Eucaristía en agradecimiento a Dios por las innumerables bendiciones con que ha favorecido a Chile, a lo largo de su historia.

El próximo viernes 30, memoria de San Jerónimo, concluye el Mes de la Palabra. Por mi parte, agradezco a la Comisión Pastoral respectiva, como a sacerdotes, diáconos, religiosas y religiosos, a los agentes de pastoral, las iniciativas que se concretaron en este mes, procurando la centralidad de la Palabra en nuestras celebraciones y también en la evangelización. El anhelo es que ella siga inspirando la vida -personal, familiar y comunitaria- buscando por nuestra parte ponerla en práctica.

Corresponde el evangelio de Lucas 16, 19-31, un hombre rico y un pobre llamado Lázaro. La parábola da cuenta de un hombre rico, vestido de púrpura y lino, que hacía espléndidos banquetes y el pobre Lázaro que a la puerta de su casa ansiaba saciarse con lo sobrante de su mesa. A la muerte de ambos adviene el destino final diverso de cada uno, presentado por el Señor en un diálogo entre el rico sufriente “en medio de tormentos” y Abrahán, junto a quien llevaron los ángeles al pobre Lázaro.

Sin duda, son variadas las perspectivas de la Palabra que acoge hoy la comunidad. Una de ellas es la reflexión acerca de cómo relacionar los bienes materiales y la vida, la posesión de riquezas y el final de ésta, a fin de que podamos aspirar siempre a lo que es verdaderamente fundamental. El discipulado del Señor se debe concretar en integridad de vida, también en los asuntos económicos, en la práctica de la caridad y solidaridad.

Qué fuerte contraste entre el rico de la parábola, quien aparentemente vive feliz “vestía de púrpura y lino, todos los días hacía espléndidos banquetes” (v. 19) y el pobre Lázaro “cubierto de llagas, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamerle sus heridas” (v. 20). Al final de la vida, de nada le ha servido al rico sus riquezas y lo que ha disfrutado. Se da cuenta tarde, sin embargo, de que su riqueza en nada le ha servido. En cambio, al pobre le es concedida la felicidad plena.

La invitación en este domingo es a confrontar la vida con esta parábola. Conocemos también otras exigencias que nos ha presentado nuestro Maestro para seguirlo. Sin duda, no es fácil. Necesitamos de su ayuda permanente, especialmente su gracia y bendición, para compartir solidariamente lo mucho o poco que poseamos. Procuremos hacer uso generoso de los recursos materiales, pero también de los espirituales, como intelectuales, culturales u otros. Tender la mano es un gesto que no se olvida, especialmente cuando la hermana o el hermano de camino no la está pasando bien. ¡Los pobres y necesitados nos esperan!


    
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