Jueves 10 de Noviembre, 2022

“No es Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven” (Lc 20, 38)

 


En su columna dominical publicada el domingo 6 de noviembre, el Arzobispo manifestó que "Dios es Dios de vivos, no de muertos y la perspectiva de que 'para Él todos viven'. ¡Nuestra suerte no es la muerte, sino la vida!”.

En este primer domingo de noviembre la comunidad cristiana celebra el 32° del Tiempo Ordinario. En las parroquias y comunidades, capillas y colegios, lugares de trabajo y oficinas -entre otros- se realizan los preparativos para el Mes de María, que se inicia este martes 8 y finaliza con la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, el jueves 8 de diciembre.

Como cada año -también en este- el Mes de María se presenta como una oportunidad propicia para manifestar a la Virgen santa, Madre de Cristo y Madre nuestra, amor, veneración y agradecimiento. Es hermoso observar como se multiplican los programas e iniciativas para concretar el Mes de María. Por mi parte, resalto la participación más frecuente de los fieles en la celebración eucarística en los días de semana, como el rezo del rosario, otras devociones y en nuestra Región, especialmente las procesiones.

En este domingo se proclama el evangelio de Lucas 20, 27-38, sobre la resurrección, con la Palabra de Jesús sobre Dios su Padre, basada en el testimonio de la Escritura: “No es Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven” (v. 38). Su enseñanza está mediada por la pregunta de unos saduceos -que niegan la resurrección- a la cual anteponen la situación de una mujer que se casa siete veces sucesivamente con siete hermanos, sin dejar descendencia: “Cuando resuciten, ¿de quién será esposa la mujer? Porque los siete fueron maridos suyos” (v. 33). En su respuesta, Jesús habla “de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos” (v. 35). Hace presente, igualmente, que “quienes viven en este mundo toman marido o mujer. Pero los que sean dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no tomarán ni marido ni mujer; porque ya no pueden morir y son como ángeles; y, habiendo resucitado, son hijos de Dios” (vv. 34-36). Y Él, concluye Jesús su enseñanza: “No es Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven” (v. 38).

Son varios los particulares que podemos reflexionar sobre el evangelio que se proclama hoy. Ante todo, la certeza de la resurrección y de la vida futura, realidades negadas por los saduceos y afirmadas por Jesús como existentes. Luego, la afirmación de que Dios es Dios de vivos, no de muertos y la perspectiva de que “para Él todos viven”. ¡Nuestra suerte no es la muerte, sino la vida!

Los bautizados y confirmados -discípulos misioneros del Señor- vivimos después de la resurrección y a causa de ella. Con su resurrección el Señor Jesús ha vencido el dolor y la muerte. ¡Su victoria es también la nuestra! El Padre Dios lo ha resucitado porque “no es Dios de muertos, sino de vivos”. En Cristo, en su misterio de pasión, muerte y resurrección, también nosotros por el bautismo entramos en esta nueva realidad que es la vida en Dios y en Él, que resucitado vive para siempre junto al Padre. Obviamente, la vida futura es distinta a la actual, lo que queda meridianamente claro del pasaje en referencia. El domingo, día en que Cristo resucitó, nos renueve en la esperanza de nuestra resurrección en Él.


    
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